lunes, 18 de junio de 2018

los lugares inciertos

Sé que he estado en ciertos sitios cuyo acceso ya no recuerdo; tampoco lo que hice allí, a qué fui, o con quién. Sólo guardo una impresión posterior muy general de qué sentí al ir allí, una aproximación a ciegas que, sin embargo, me permite la certeza de que tal hecho fue real y sucedió, que estuve en aquel lugar. También sé que he habitado las vidas de algunas personas con las que me cruzo a veces en la calle, no podría dar una fecha o decir su nombre, o si coincidimos como amantes, enemigos o vecinos, tan sólo que fue así. Ayer una de estas personas sin nombre me citó en un lugar incierto para pegarme un tiro. Me llevó unos segundos identificar el sitio exacto del que se trataba, luego situé perfectamente la circunstancia durante unos instantes breves, muy breves.

Después ya no recuerdo bien lo que pasó.

Irreverentes, Madrid  

lunes, 4 de junio de 2018

hoy es miércoles


Hoy es miércoles; lo sé porque lo he visto en el periódico. Lo leo todos los días: me acompañan al café, me siento y lo leo. Siempre leo el mismo, y compruebo la fecha, el tiempo y la página de los muertos. Dicen que es importante que sepa en qué día vivo, que me mantenga activo, que desarrolle aficiones y no sólo me enrede en las rutinas. Parece que tengo Alzheimer desde hace ya algún tiempo, que esto es lo que hay y ya está; bueno, esto a mí no me lo dicen nunca, lo hablan en bajo entre ellos de vez en cuando – creo que piensan que si no lo nombran no existe – y también cuando vamos al médico cada equis tiempo. Yo sé las fechas en las que vamos al médico, lo apunto cuidadosamente, pero no sé dónde pongo las notas que escribo. Se me olvidan las cosas, es verdad; ‘las pastillas, papá, límpiate aquí, no comas eso, hombre’; me lo repiten todo el rato, o al menos antes lo hacían, ahora se comunican menos conmigo, o eso me parece, quizás piensen que ya da un poco igual, y en su lugar me dan instrucciones de qué cosas he de hacer y cómo. Las instrucciones me confunden, las mezclo todas, nunca sé si se refieren a casa o al café, a la comida o al baño, me dan demasiadas reglas y me relegan de mis propias rutinas, me impiden salir solo y bajar al café que ha formado parte de mi vida durante tantos años. Todo esto me pone un poco nervioso; sé que hay sitios del barrio que ya no existen, tal vez haya partes de mí que mi familia sienta que tampoco existen, pero si es así, no sé cuáles son ni cómo llegar a ellas yo mismo. De vez en cuando les oigo hablar de mí, se cuentan cosas de cuando yo era aún joven y les llevaba de viaje. A veces lloran, yo me doy cuenta y me acerco a ellos para consolarlos, me caigo de la silla, se me cae el plato, me paso media vida cayéndome, ellos se enfadan, ‘papá, estate quieto, por favor, ¿no ves que te puedes caer?’ Yo les miro desde el suelo: angustiados, pendientes, gastados. Tienen miedo. Piensan que algo de ellos también se muere. No sé cómo se ha desarrollado en mí este tsunami que arrasa con lo que he sido, a la persona con la que he vivido tanto tiempo, para dejarme a solas con este despojo del espejo que dice que ese de ahí soy yo. Tal vez esa persona sea la que ha ido borrando las partes de mí que eran yo, por eso no la reconozco al mirarme en el baño. Sólo veo algunos trazos de hace mucho tiempo; una especie de neblina débil y permanente detrás de la cual hay un rostro que me mira como diciéndome algo que no logro comprender ni oír. No me doy cuenta de haber visto antes a esta persona, quizás ésta sea una señal de senilidad.
Mis recuerdos se tambalean, es cierto, ya no sé si antes pedía el café cortado o con leche, o si leía el periódico para acompañar. Ahora lo leo todos los días, dicen que es bueno para la memoria, aunque me da igual qué tiempo vaya a hacer esta tarde o si va a hacer frío, a mí me toca tomar dos pastillas más con la cena, una azul y otra roja, lo tengo apuntado aquí, conmigo, por si un día me pierdo y alguien ha de ayudarme: ‘azul y roja con la cena’. Yo no comprendo cómo leer lo que ha pasado hoy me vaya a ayudar a recuperar lo que fui hace diez o quince años. Quizás haya un acceso lingüístico, un atajo, un agujero de gusano cósmico entre las secciones del periódico y las de mi mente, pero lo único que noto dentro es energía oscura, y un agujero negro que succiona y absorbe lo que yo sé de mí. Sí, hablan de mí, del que dicen que soy ahora, de mi demencia, así la llaman. Dicen que ya no soy el mismo, que ya nunca volveré, y esto dispara en mí imágenes de momentos en los que no he sido yo, en los que he fracasado conmigo, y otros pocos en los que ese agujero de gusano me ha llevado de universo en universo y yo estaba en todos. En todos los mundos, en todos los espejos.

lunes, 21 de mayo de 2018

los minutos lúcidos

Nosotros somos los otros. No es decisión propia, el nombre nos lo pusieron ellos, que para nosotros también fueron ajenos durante un tiempo. De todos los que vivimos aquí, nosotros somos los raros, los locos, los monstruos, los otros. Pero no pasa nada, nos parece bien, hemos aceptado serlo, porque ellos nos parecen demasiado frágiles como para ser algo distinto, otra cosa, ellos necesitan saber cosas cuyo conocimiento requiere un acceso ilógico e irracional que les aterra. Ellos son meticulosos, felices, tienen vidas lineales y ordenadas de las que nos hablan y a las que nos inducen. Nuestro fracaso en llevar tales vidas les avergüenza, y nos apartan. Es importante saber dónde esconde uno a sus monstruos. Tan sólo cuando se hacen muy mayores, poco antes del final, la arquitectura de su mente comienza a ceder y ellos a rescatar recuerdos de lo que alguna vez fueron. A veces se dan cuenta con horror de que en algún momento de la niñez fueron distintos, que incluso coincidimos en alguna encrucijada de la vida, que algo en ellos sigue siendo salvaje, animal, recuerdan esto otro que fueron y que nunca murió. Recuerdan que fueron otros, es decir, que fueron nosotros. Y durante unos instantes casi lúcidos, tienen paz. En esos momentos delicados, todos somos otros. 

Irreverentes,  Madrid 

lunes, 7 de mayo de 2018

a veces no hago la cama

dónde vivo
en qué calles busco sábana
me preguntas amor
como si realmente existiera tal lugar
y hubiera sillas flores armarios
que delimiten o marquen
la pronunciación o las ausencias
dónde poso los ojos las palabras
nunca me acuerdo
de dónde he puesto las ausencias
no lo sé
definitivamente no sé bien dónde vivo
llego a este lugar
digamos que es un lugar para evitar equívocos
encuentro mares
naufragios en los bolsillos
mensajes en el móvil en mitad de la noche
en mitad de la vida
preguntas abisales en las que me sumerjo
de vez en cuando mientras hago un té
angustias breves y melancólicas de por la mañana
respuestas inestables cargadas de salitre
también de abrazos algo de espanto
y un pasillo largo donde me atrapa el frío
el óxido de lo que he sido
por eso
a veces no hago la cama
me voy temprano y queda revuelta todo el día
pienso que siempre será temprano
me marcho a otros pasillos
a otras coordenadas
que me permitan oler las flores
espero que las palabras puedan oler las flores
paso fuera días años
otras calles donde ajustar acentos
y sábanas
a la vuelta entro y salgo de la habitación
inquieto como si regresara a una parte
pendiente de mi vida
porque siempre vuelvo
hago tareas recojo objetos
ordeno espantos cansancios pensamientos incompletos
la miro sé que está ahí sin hacer aún sin hacer
cuántas tristezas han pasado ya
días o años llena de tormentas pendientes
mapas con los que sueño
igual que un niño lleno de océanos
y de monstruos
también pendientes
sé que anoche estuve aquí
que he estado todas las noches
sé que mi vida está aquí en esta cama
desordenada y revuelta
sin hacer
yo camino a unos pocos metros
tratando de mantener algo de dignidad
en medio de objetos y vidas que me buscan
dicen que conocen mi nombre
lo sé
algunas noches me pueden los tsunamis
me capturan los piratas los hechizos
los monstruos vencen sin razonamientos
el paso de los días
anulan mis cifrados mis precauciones
llegan como si conocieran este lugar desde siempre
como si me conocieran desde siempre
siempre hay un día en el que comienza siempre
ellos también me llaman por el nombre
ellos saben todos los nombres
supongo pues que ya estamos todos
de repente me veo me convierto en un lugar preciso
tormentas y palabras que recorro todas las noches
qué importa dónde sea
todas las noches son la misma
la única noche
quizás todas las camas escondan una tormenta
cuando has dormido una vez en ellas
qué importa pues cuál sea
vuelvo allí a la mía
no es el lugar donde descanso
sino al que puedo volver por eso descanso
todo en mi vida está aquí en esta cama
delicada y llena de océanos
de espanto de mapas y lápices y óxido
y también de lugares pendientes
que temo y amo
llegas abres el libro y me lees unas páginas en alto
no sé cómo me has encontrado
sin mapas sin nombres de calles
entre tantas pronunciaciones
la cama sin hacer revuelta
has traído besos una historia sin esquinas flores
los monstruos de mi vida declaran tregua
se acercan a la orilla
náufragos de sí mismos
me abrazan se pegan muy juntitos a mí
están cansados
pobres
tienen miedo
beben té y espanto
y necesitan tregua
me acurruco a su lado
y te escucho

Irreverentes, Ma
drid 

lunes, 16 de abril de 2018

cosas que somos

De pequeño, cuando era niño, yo no sabía que era un niño, es decir: no sabía que no era un monstruo. Esto es algo que me tocó, no se elige, nací así y punto. De igual manera, tampoco mis amigos monstruos pidieron no nacer niños, hay desgracias que no suceden hasta que uno se pone a examinarlas.

A veces, cuando tenía fiebre, mis amigos venían a jugar conmigo en mi casa, tomábamos juntos la merienda y hablábamos de cosas ligeras e intrascendentes. Ninguno intuíamos la relevancia de las cosas adultas, ni debatíamos sobre quién fuera monstruo o niño, o si alguno de nosotros pudiera ser distinto al resto. Tal desinterés acerca de nuestra naturaleza primaria nos proporcionaba una consciencia compartida de niños-monstruos, una condición igualitaria que desarrollamos a lo largo de la vida. Así, esta duplicidad nos sirvió para jugar y crecer juntos, casarnos y tener hijos, fuimos niños y monstruos según la circunstancia, sin darnos cuenta de que manifestarnos de una u otra manera fuera importante, hasta un día en el que se nos hizo evidente que algo en nosotros no cuadraba, que algo difería, algo esencialmente distinto: uno de nosotros murió, y su mujer no supo qué hacer con sus restos.

Irreverentes, Madrid  

los lugares inciertos

Sé que he estado en ciertos sitios cuyo acceso ya no recuerdo; tampoco lo que hice allí, a qué fui, o con quién. Sólo guardo una impresión ...